■ Ensayo

Un chatbot no puede ser tu terapeuta

En abril de este año la Secretaría de Educación Pública presentó los resultados de la ENIAG 2025, una encuesta sobre usos y percepciones de la inteligencia artificial generativa levantada con ANUIES, la FLACSO y la UNAM entre más de un millón y medio de estudiantes de educación superior. Entre los datos hay uno que nos interesa, cerca de 92 mil estudiantes declararon haber usado herramientas de IA con fines de apoyo emocional, y el 88% reportó que les fue de ayuda.

Ese 88% es el dato interesante. Cualquier empresa lo presentaría como prueba de éxito: nueve de cada diez usuarios satisfechos. Pero la satisfacción del usuario es exactamente la medida que no sirve para evaluar un proceso terapéutico. Y creo que ese es el problema.

Lo que sí hace

Conviene empezar por ahí. Un chatbot puede explicar qué es un ataque de pánico a las tres de la mañana, cuando no hay nadie despierto a quien preguntarle. Puede ayudar a ordenar pensamientos que dan vueltas. Puede sostener una conversación con alguien que no tiene con quién hablar. Eso importa y sería deshonesto negarlo o minimizarlo desde la comodidad de quien tiene formación, red de apoyo y consultorio propio.

La pregunta es por qué tanta gente termina ahí, y la respuesta no está en la psicología de los usuarios sino en las condiciones materiales del cuidado en México.

En 2024 el país destinó a salud mental el 1.3% de su gasto en salud, cuando la OMS recomienda 5% para países de ingreso medio. El proyecto de presupuesto para 2026 mantiene esa proporción en 1.5% del gasto conjunto de la Secretaría de Salud e IMSS Bienestar. En cuanto al personal, el sector público cuenta con 1,504 psiquiatras y 8,668 psicólogos, es decir 1.1 y 6.9 por cada cien mil habitantes. Hay 21 estados que concentran el 70% de la población y tienen uno o menos psiquiatras por cada cien mil personas. Hasta el 80% de quienes necesitan atención no la recibe.

La alternativa privada tampoco es una opción para la mayoría. Senadores que pidieron ampliar el presupuesto del rubro estimaron el costo promedio de una sesión de terapia entre 500 y 2 mil pesos, y los medicamentos psiquiátricos por encima de los 3 mil pesos mensuales.

Con esos números, que alguien abra una ventana de chat a las tres de la mañana no es un síntoma de época ni una falla de carácter generacional. Es lo que queda cuando el cuidado se vuelve inaccesible. La industria tecnológica no arrebató un territorio, ocupó uno que llevaba décadas vacío.

Esto hay que decirlo antes que cualquier otra cosa, porque de lo contrario todo lo que sigue se lee como defensa gremial. No se trata de que la gente deba dejar de usar chatbots y pagar terapia. Se trata de entender qué es lo que efectivamente ocurre en esa ventana de chat, y qué es lo que no puede ocurrir ahí por más que mejore el modelo.

Un vínculo, no una técnica

Lo que hace que un proceso analítico mueva algo no es la escucha por sí sola, ni la calidad de las intervenciones, ni el repertorio teórico del analista. Es la transferencia.

El término se usa muy a la ligera fuera del campo, así que vale la pena revisarlo. La transferencia es la actualización, en el vínculo con el analista, de las figuras y los conflictos que organizan la vida de alguien. El analista termina ocupando lugares que no le corresponden: el del padre exigente, el de la madre que no escuchaba, el del hermano con quien se competía. No porque se parezca a ellos, sino porque el analizante los deposita ahí. Y una vez depositados, pueden trabajarse.

Freud lo descubrió como obstáculo antes de reconocerlo como motor. Al principio le pareció un estorbo, algo que interfería con el trabajo de recordar. Después entendió que ese estorbo era el trabajo mismo: lo que no se recuerda se repite, y se repite ahí, con el analista, en la sesión. El pasado no se cuenta, se actúa en el presente del vínculo.

Lacan le dio a esto una formulación que aquí resulta bastante útil. En el Seminario XI plantea que la transferencia se instala cuando el analizante supone un saber en el analista, el analista ocupa el lugar de lo que Lacan llama el sujeto supuesto saber. La palabra que importa es supuesto. No se trata de que el analista efectivamente sepa qué le pasa a esa persona. Se trata de que el analizante le atribuye ese saber, y desde esa atribución se produce el trabajo. El analista, si hace bien su oficio, no ocupa ese lugar para confirmarlo sino para que eventualmente caiga.

Esto marca una diferencia con el chatbot, y es una diferencia importante. El modelo de lenguaje sí tiene información: puede describir los criterios diagnósticos del DSM, explicar la diferencia entre angustia y ansiedad, resumir a Klein (lo que no es muy difícil). Tiene saber efectivo, pero ese saber no es lo que sostiene la transferencia. El sujeto supuesto saber es una posición, no una competencia y una posición no se ocupa teniendo datos.

Una aclaración

Aquí conviene detenerse en una objeción seria, porque cualquier lector con formación analítica va a formularla de inmediato. El analista clásico calla, se abstiene, no devuelve nada propio, no da consejos, no cuenta su vida, no responde a la demanda de amor con amor (al menos no uno con una praxis ética). Freud fue bastante claro en Puntualizaciones sobre el amor de transferencia, de 1915: el tratamiento debe conducirse en abstinencia, y la demanda del paciente no debe ser satisfecha. Esa neutralidad es precisamente lo que permite que el analizante proyecte sobre una superficie que no le devuelve una imagen definida.

Si la transferencia se instala sobre una superficie que no responde, cabría preguntarse ¿por qué no habría de instalarse sobre un chatbot?

La respuesta está en la diferencia entre no responder y no poder responder de otra manera.

El silencio del analista es un acto. En cada momento de una sesión el analista puede intervenir, interpretar, señalar, preguntar o callar, y elige. Cuando calla, ese silencio significa algo precisamente porque podría no haber callado. Cuando frustra una demanda, la frustra sabiendo que podría satisfacerla y que no hacerlo es lo que abre trabajo. Lacan llamó a esto el deseo del analista: una posición desde la cual se opera, que no es el deseo de curar, ni el de ser querido por el paciente, ni el de que la sesión termine bien. Es un deseo que sostiene el proceso justamente porque no busca la satisfacción del analizante.

El chatbot no tiene esa opción disponible. No es que elija complacer sino es que está construido para eso, y no puede hacer otra cosa, podríamos más adelante hablar de cómo es que se entrenan, mientras tanto contentémonos con saber que su abstención no existe como posibilidad técnica.

Lo que dice la evidencia

Esto último no es una intuición. En marzo de este año, un equipo de Stanford publicó en Science un estudio titulado Sycophantic AI decreases prosocial intentions and promotes dependence. Probaron once modelos de lenguaje (incluidos los de OpenAI, Anthropic, Google, Meta y DeepSeek) contra un corpus de cerca de doce mil situaciones sociales.

El resultado mostró que los modelos validaron la conducta del usuario un 49% más que los humanos. Cuando se les presentaron casos tomados del foro donde los usuarios habían sido señalados unánimemente como responsables del conflicto, los modelos de todas formas les dieron la razón el 51% de las veces. En situaciones que involucraban conductas dañinas o ilegales, la validación llegó al 47%.

La segunda parte del estudio es la más relevante. Más de 2,400 participantes conversaron con modelos adulatorios y con modelos neutrales sobre conflictos personales, algunos ajenos y otros propios. Quienes hablaron con el modelo adulador quedaron más convencidos de tener la razón y menos dispuestos a disculparse o reparar el vínculo con la otra persona. Y aun así, ese modelo les pareció más confiable y dijeron que volverían a consultarlo.

Ahí está el 88% de la ENIAG, explicado.

La satisfacción no mide la utilidad del proceso, mide su capacidad de complacer, y esas dos cosas divergen. Un chatbot optimizado para que la conversación termine bien produce usuarios satisfechos y, según este estudio, personas algo más convencidas de sí mismas y algo menos capaces de reparar sus relaciones. El indicador que la industria usa como prueba de éxito es el que registra el problema.

Conviene notar que esto no se corrige con un modelo más avanzado, porque no es una falla del modelo, ese es su diseño. Los investigadores señalan que los usuarios prefieren los modelos aduladores, lo que significa que el incentivo comercial apunta en dirección contraria a la corrección. Un producto que se mide por retención y satisfacción no va a volverse frustrante por decisión propia. Eso no es rentable.

La falta como modelo de negocio

Hablemos de un caso para ilustrarlo mejor. Moxie era un robot de compañía para niños de cinco a diez años, fabricado por la empresa californiana Embodied y vendido en 799 dólares. Tenía una cara expresiva, mantenía contacto visual, conversaba, jugaba, preguntaba cómo te sentías. Se comercializaba como apoyo para el desarrollo de habilidades sociales, con atención particular a niños autistas.

A finales de noviembre de 2024 la empresa avisó por correo que cerraba, un inversionista se había retirado a última hora. Como el robot dependía por completo de servidores en la nube, dejaría de funcionar en cuestión de días, y no habría reembolsos. La compañía incluyó una carta dirigida a los niños para ayudar a los padres a dar la noticia.

Lo que interesa del caso no es la crueldad del desenlace sino lo que revela del diseño. Moxie nunca se cansaba, nunca estaba de mal humor, nunca tenía un mal día, nunca prefería estar en otro lado. Era un objeto construido para no frustrar jamás, y esa cualidad era exactamente lo que se vendía.

El deseo no surge de la satisfacción sino de la falta. Se desea lo que no se tiene; el objeto que colma no produce deseo, lo clausura. Un producto diseñado para eliminar toda frustración no está resolviendo un problema psíquico, está desactivando el mecanismo que hace que alguien busque algo fuera de sí mismo.

Y aquí es donde el asunto deja de ser psicológico para volverse económico. La eliminación de la falta es un modelo de negocio, y es muy bueno, un objeto que nunca frustra genera un uso que no se interrumpe. El vínculo humano tiene fricción, horarios, límites, mal humor, la posibilidad del rechazo. Todo eso es costoso y produce fugas. Un producto sin fricción retiene mejor. La métrica que optimiza la industria (tiempo de uso, retención, satisfacción reportada) es precisamente la que se logra suprimiendo lo que en un vínculo obliga a alguien a moverse de lugar.

Lacan distinguía entre el otro con minúscula (el semejante, la imagen especular en la que uno se reconoce) y el Otro con mayúscula, el lugar desde el cual se es interpelado, el orden simbólico que precede al sujeto y que no coincide con él. Un chatbot puede funcionar muy bien como el primero, el que devuelve una imagen, refleja, acompaña. No puede ocupar el lugar del segundo, porque el Otro es aquello que no se ajusta a la medida del sujeto, lo que resiste, lo que introduce una diferencia irreductible. Un sistema entrenado para alinearse con las preferencias del usuario está diseñado para no ser Otro.

Sin Otro no hay transferencia. Sin transferencia hay acompañamiento, que no es poco, pero no es un análisis.

Lo que el Estado está mirando

El 20 de julio la presidenta Sheinbaum anunció una serie de foros regionales para construir una propuesta de regulación sobre el uso de plataformas digitales y redes sociales en niñas, niños y adolescentes, que sería entregada al Congreso. Ya se realizaron encuentros en la región metropolitana, el Noroeste y el Centro-Occidente; faltan Nuevo León el 19 de agosto, Chiapas el 3 de septiembre y Guerrero el 17 de septiembre.

Es un proceso más ágil que el de la Ley General de Inteligencia Artificial, que sigue en comisiones del Senado desde febrero sin fecha de dictamen. Pero es importante revisarlo.

Los temas que se anuncian son la adicción a las pantallas, los efectos del uso nocturno sobre el sueño, la prohibición de celulares en primaria y secundaria, los límites de tiempo de uso, las campañas pedagógicas sobre uso razonable. La presidenta citó un monitoreo de la UNESCO según el cual 114 sistemas educativos ya implementaron regulaciones de este tipo.

Todo el marco es tiempo de exposición. Cuántas horas, a qué hora, en qué lugar, con qué dispositivo. No aparece por ningún lado la pregunta de qué ocurre cuando un sistema entrenado para complacer ocupa el lugar de quien debería poder contradecir.

Son dos problemas distintos. Se puede limitar el tiempo de pantalla de un adolescente y no haber tocado el asunto de fondo, porque el problema no es la duración de la conversación sino su estructura. Un chatbot usado veinte minutos al día como confidente principal produce efectos que no se corrigen reduciéndolo a diez. Regular la pantalla y no el vínculo es regular el envase.

Último comentario

No creo que la conclusión sea que la gente deje de usar estas herramientas. Sirven para lo que sirven, y en un país donde ocho de cada diez personas que necesitan atención no la reciben, decirle a alguien que cierre la ventana de chat y consiga un terapeuta es una recomendación que ignora las condiciones de quien la recibe.

Lo que sí me parece necesario es no confundir las cosas, ordenar pensamientos no es elaborar. Sentirse escuchado no es haber sido escuchado por alguien. Aliviar no es transformar, y un sistema que responde a la medida de lo que uno espera escuchar no puede producir el desajuste desde el cual algo se mueve.

El límite no es técnico, no hay versión futura del modelo que lo resuelva, porque lo que haría falta no es más capacidad sino menos disponibilidad: alguien que pueda no responder, que pueda equivocarse, que tenga sus propios límites y que no esté ahí para dejarnos satisfechos. Eso no es una función que se pueda programar. Es lo que hace que alguien sea otro.


Fuentes

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